jueves, 19 de febrero de 2009
Sobre los extranjeros y el tiempo
jueves, 5 de febrero de 2009
Sobre el fútbol
A punto ya de retirarse de su cátedra en el Instituto de Tecnología Aplicada, don Bernardino Roig, hombre por lo común desapacible y malhumorado, se permitió consentir en algo que consideró estrafalario pero con lo que, cometiendo un error incalculable, transigió, y es que se dejó llevar a un partido de fútbol.
Habituado a un mundo donde lo imprevisto tomaba cuerpo en forma de sugerencia, estudio o investigación, donde hacía falta tener siempre a tiempo la referencia para poder lidiar con lo inesperado, incluso donde, nervioso, necesitaba todos los reflejos a punto para no perderse en los intrincados senderos del pensamiento, el espectáculo que vio le pareció de una simpleza asombrosa: unos gritaban y otros corrían.
Don Bernardino, por lo general poco amable, aconsejó a sus alumnos no perder el tiempo estudiando psicopatología antropológica, aconsejó ir a verla.
miércoles, 28 de enero de 2009
Más advertencias del bibliotecario
martes, 27 de enero de 2009
Los políticos y los filósofos
A punto ya de retirarse de su cátedra en el Instituto de Tecnología Aplicada, don Bernardino Roig oyó algunos comentarios acerca de ciertos políticos que, según parecía, auguraban tiempos agitados.
Se acordó, hombre como era sumido en lo más gris de la historia, de otros cambios y de otros políticos, y recordó también, con un cierto aire de desgana, todo hay que decirlo, que también entonces ---en un entonces que a lo mejor tenía un principio muy lejano--- hubo intenciones y proclamas y que las gentes se prometían una vida mejor y una existencia más fácil. Y recordó cómo algunos idealistas, acérrimos defensores de lo nuevo, acabaron defenestrados y sucumbiendo.
Por eso, arrastrando algún achaque, volvió la vista a sus libros. Los ordenó y cayó en una lectura del todo olvidada. Decía un filósofo tenido por bueno que los hombres, todos los hombres sin excepción, nacían dotados para el bien, pero que las costumbres y los otros hombres, malignos, conseguían romper esta bondad inicial y los convertían en perversos. Claro que semejante hipótesis no le interesó, pero descubrió con asombro que sí le había interesado. Releyó, no sin miedo, sus propias notas y percibió, escandalizado, que él mismo creyó en el buen filósofo. ¿Qué hacer? ---se preguntó. Y procuró no recordar, y el olvido le llevó a no hacérsele presente aquella vez que, imbuido de ideas similares, había dado por malos algunos planteamientos opuestos.
Bondadoso el sueño que le hizo dormir aquella noche sin la fenomenal crisis que sin duda le habría producido un instante más de recuerdo.
martes, 20 de enero de 2009
Gilgamesh
A punto ya de retirarse de su cátedra en el Instituto de Tecnología Aplicada, don Bernardino Roig cometió la temeridad de oír la radio y, además, de hacerle caso. Oyó que de un país de poetas eminentes nada más se decían calumnias y tropelías. Y supo que aquéllos que aparentaban saber lo que decían, con seguridad jamás habían leído a ninguno de los poetas que don Bernardino, en su desatino, todavía amaba.
---¿Era aceptable que alguien se llene la boca de razones y, no obstante, no haya leído o no conozca a los poetas de un país? ---se preguntaba, quejoso.
No cabía en su cabeza, tan vieja, que los poetas, desnudos o místicos, nada supusieran para los que después tanto habían de saber de ese país.
Como otras veces, don Bernardino ocultó su tristeza en la biblioteca. Allí, acaso de manera descuidada, dio con un tomo de Las mil y una noches, pero se negó a abrirlo. Después, también de manera involuntaria, se acordó de Sumer, de Uruq, de Asiria, de Nínive, de Babilonia, de los magos caldeos, de la invención de la escritura, del primer calendario, se acordó de Hamurabi y buscó, no sin azoro, un Gilgamesh que con preciosista encuadernación dejaba saber las andanzas de aquel héroe en pos de la inmortalidad, ambición ésta que, por desordenada, le condujo a rechazar los lazos amorosos de Astarté, diosa venturosa, diosa del amor, pero diosa vengativa. Recordó don Bernardino como Gilgamesh había sufrido el oprobio viendo morir a su amigo Enquido, el mismo que le ayudó, en federación nada desdeñable, a desollar al monstruo, a la bestia que se ocultaba, artera, en el bosque de cedros. No obstante, Astarté, en venganza por haber sido repudiada del lecho de Gilgamesh, opta por dar muerte a Enquido. Lucha y se revuelve el héroe para ayudar al amigo, mas nada se puede hacer. Entonces, y don Bernardino vertía ya unas lagrimillas vanas, se decide éste a buscar la inmortalidad y, tras largos trabajos, consigue arrancarla en forma de sutil alga del fondo de las aguas. Contento, y pensando que había vencido al imposible, se dispone al regreso, pero es ahora cuando una sierpe marina ---¡siempre una sierpe!--- se la arrebata.
Dice alguno que lo vio que don Bernardino, hombre en verdad anticuado, sintió dentro de sí la mordedura de la sierpe y se quedó sobrecogido, sin decir palabra, sin oír tampoco los elaborados comentarios de los que acerca de Iraq se extienden, ignorando, con suprema naturalidad, la esencia misma de la leyenda de ese Gilgamesh también herido.