Siempre a horas intempestivas, es decir, cuando el común de los mortales anda dormido o, al menos, durmiente, don Bernardino Roig, que jamás gustó de excesivos regocijos en el tálamo, dio en leer a don Jon Juaristi, autor de unos versos que al insigne sabio le parecían gloriosos, pues rayaban en ese humor vascongado tan breve y tan escaso, que don Bernardino sabía valorar con tino. Recuérdense:
Yo me la llevé a la playa la noche de Aberri Eguna, pero tenía marido y era de Herri Batasuna.Hace el cuento a la lectura de La caza salvaje, novela con la que el bilbaíno se hizo con el Azorín de 2007. —¡Qué tremendo ese cura Martín Abadía, siempre dispuesto a ser el mejor y a estar en todas partes! —pensaba don Bernardino— ¡Y qué capaz de olvidar los momentos que le son en exceso desapacibles! Es la novela de un filólogo, desde luego, donde no caben los hilos sueltos, punto arriesgado, también es ley decirlo, porque a veces se convierte en un tratado de vanas curiosidades, aunque resulta apasionante la circulación de seres que siempre cabalgan en los mismos jamelgos, a pesar de las circunstancias. Y ese final, trasunto unamuniano, deuda que resuma todo el texto, acrobacia que un don Miguel resolvió para la posteridad y que sigue viva. —Léandlo —aconsejaba después don Bernardino a sus discípulos—, léanlo y vean si se puede escribir respondiendo al eco de la auténtica literatura, porque, señores, todo es eco en La caza salvaje, todo, hasta ese remedo de lengua arcaica que usa un hispanista esloveno metido a truchimán de la hueste yugoslava. Aquella noche, cerrada la lectura, don Bernardino se fue a dormir templado, y se dice que durmió hasta el alba, señoreado por el perfil escaso y abrupto del cura Abadia, encerrado en su oquedad.