miércoles, 9 de febrero de 2011

Hubo un tiempo

La catedral del mar

DE LOS SISTEMAS BIOLÓGICOS

A punto ya de retirarse de su cátedra en el Instituto de Tecnología Aplicada, don Bernardino Roig, punto cansado aquella tarde, levantó la mano en su biblioteca y alcanzó dos volúmenes del Quijote. Hombre de difícil convencer, escorado siempre hacia lo raro e inaudito, dudó entre dejarse persuadir por una edición en tapa dura, magníficamente encuadernada y sabiamente ilustrada por los dibujos de Doré —algo floreados y pizca romanticones— o entretenerse con una edición más minera, menos sutil, hasta con lamparones en la portada y algún desgarrón en las hojas. Dudó, como se dice, varios minutos. Por fin, harto de titubeos, dejó ambos libros y se sentó. —Que cosa —pensó—, cuando don Miguel publicó su obra se le echaron encima diciendo que era cosa de ficción, y con tal baldón anduvo mucho tiempo, acomplejado y taciturno. Don Bernardino, en momentos así, gustaba despeñarse por los abismos de su propia intuición, laberinto delicado, pero sostén de una gestación de la que estaba razonablemente orgulloso. —Claro que era obra de ficción, naturalmente, producto de la modalidad más moderna y más compleja que aparece en la evolución de las especies —hizo una pausa, se tomó tres segundos y acabó—: el lenguaje. No bien dio con la palabra ansiada, necesitó beber, tanto había sido el esfuerzo. Caminó hasta la cocina y allí se sirvió un vaso. Justo antes de que empezara a trincarse el agua, don Bernardino, que siempre iba de lo particular a lo universal, encontró, acaso flotando a la deriva, como náufrago incómodo, otra duda: —En definitiva, ¿de qué no puede desprenderse un sistema biológico maduro, una vez cumplidos los requisitos de la subsistencia? Ante esta severa incertidumbre, optó por tragar. Lo hizo con estudiada serenidad, como si alguien oculto u ocioso le estuviera mirando, o sea, con la mano izquierda metida en el bolsillo. Al acabar, dejó el vaso en la fregadera y lo enjuagó. Y allí, justo en la fregadera, le vino la respuesta. —De la ficción. Bastante menos contrariado, se volvió a la biblioteca. Se sentó y no necesitó tocar los libros para decir lo que dijo. —De la ficción, porque a través del relato imaginario entiende el ser humano su propia realidad. Ya sentado, cerró los ojos, contento con su salerosa manera de pensar y, antes de clavarse una merecida siesta, quiso cerrar el círculo de sus cavilaciones, por eso exclamó, medio sonriendo: —Pues, acabáramos. Y se durmió.

miércoles, 19 de enero de 2011

Necrológica

A punto ya de retirarse de su cátedra en el Instituto de Tecnología Aplicada, don Bernardino Roig, que acostumbraba a tener en poco el ruido y en más al estudio, recibió la urgencia de una nota en la que se le conminaba ---con cierto aire de solvencia poco recomendable y hasta insolente, incluso--- a dar luz una necrológica que, por lo expuesto e ingrato, dejó harto recomido al sabio.

Mandaba la misiva que, en vistas a la necrología, gastara unas cuartillas en reconocer las valías de cierto dictador hacía unos lustros fallecido.

---Triste teatro ---se dijo y, algo vacilante, se detuvo a contemplar el escrito.

Por fin, victorioso, rastreó en su memoria y, si bien un tanto contenido al principio, después, largó las siguientes líneas:

“Dicen de ti, príncipe, que ganaste una guerra, incluso que ganaste una paz.

Dicen de ti, príncipe, que ganaste un tiempo largo, largo y gris, perezoso y ventoso.

Sin embargo, tendrían que decir de ti que perdiste una historia y que las gentes se apergaminaron viéndote envejecer y que tu edad fue la edad de las gentes, a las que contaminaste tu senectud. ¡Qué barro el de tus días! ¡Qué crimen el de tus horas! ¡Qué asco el de tus minutos!”

Contento ---aunque aburrido---, cerró la necrológica.

Ya en la cama se despertó, forzado por el remordimiento: no había hablado de los muertos. Los muertos, pensó, los muertos se regocijan de que esté muerto, ya lo tienen en sus manos.

Y, quizá más tranquilo, buscó el sueño, esa bendición de los hombres buenos.

domingo, 7 de febrero de 2010

EL PADRE ISLA, ALIAS ZOTES

A punto ya de retirarse de su cátedra en el Instituto de Tecnología Aplicada, don Bernardino Roig, hombre como pocos aficionado a revolver papeles y a esconder en insólitos lugares notas y trastiendas, halló, no sin asombro, unos apuntes viejos. Decían, para su preocupación, que una vez leyó al Padre Isla en aquel libro tan famoso como no transitado (acaso por sus pecados) Fray Gerundio de Campazas. Sintió el sabio el aguijón y la lumbre del estudiante y anduvo desnochado queriendo volver a ver a tan ilustre predicador. Dio con él, como era normal, en aquella su librería vastísima. Y caló, y leyó. Mas, confuso, lo dejó. Sin embargo, aquel sueño que le vino tan después, acaso porque le entró mala conciencia por haber dejado abiertas las maletas del leonés, fue pesado y amargo. Estaba, cómo no, en legítimo debate con el mismísimo padre Isla y le daba éste galope como pocos habían podido. ---Que no debe usted ser tan allá, don cual, que debe usted quedarse más cerca, don nadie. ---Yo siento... ---Usted nada siente, don otro. ---Yo siento... Y en esas estaban, cuando, por la puerta y en traje talar, fue entrándose, sin mayor miramiento ni consuelo, el propio fray Gerundio. ---Diome este hombre ---y se refería a su padre--- traza de mentecato y de escaso latino. ---Que no, que te di fama de latino, doblado, eso sí, pero latino. ---Hízome este padre de tal índole que ríen sin pausa los que me construyen cada día en su lectura. ---No es cada día, que se dice cada nunca, porque tienes menos lectores que entretelas un muerto. ---Criome este Isla.... Pero hasta aquí llegó el diálogo, que don Bernardino andaba harto de monsergas entre padre e hijo, entre Isla y Zotes. ---¿No será que usted, don padre, tenía también un allá mostrenco? No llegaron a las manos, pero se las tuvieron sin manos. Interrumpió don Bernardino, asustado. ---Tengan paz, caballeros, que es más de señores habérselas dialogando y no riñendo. Y volvió a su siesta, que es de hombres buenos. Al día siguiente, guardó a Fray Gerundio y a su padre en hondo estante y siguió la trifulca de cada hora, no fuera a despertar otros fantasmas remendones y caducos. Mas dicen que tuvo dolor de cabeza, ¿no sería, acaso ---pensó alguno---, por mal administrar adjetivos?