miércoles, 19 de enero de 2011

Necrológica

A punto ya de retirarse de su cátedra en el Instituto de Tecnología Aplicada, don Bernardino Roig, que acostumbraba a tener en poco el ruido y en más al estudio, recibió la urgencia de una nota en la que se le conminaba ---con cierto aire de solvencia poco recomendable y hasta insolente, incluso--- a dar luz una necrológica que, por lo expuesto e ingrato, dejó harto recomido al sabio.

Mandaba la misiva que, en vistas a la necrología, gastara unas cuartillas en reconocer las valías de cierto dictador hacía unos lustros fallecido.

---Triste teatro ---se dijo y, algo vacilante, se detuvo a contemplar el escrito.

Por fin, victorioso, rastreó en su memoria y, si bien un tanto contenido al principio, después, largó las siguientes líneas:

“Dicen de ti, príncipe, que ganaste una guerra, incluso que ganaste una paz.

Dicen de ti, príncipe, que ganaste un tiempo largo, largo y gris, perezoso y ventoso.

Sin embargo, tendrían que decir de ti que perdiste una historia y que las gentes se apergaminaron viéndote envejecer y que tu edad fue la edad de las gentes, a las que contaminaste tu senectud. ¡Qué barro el de tus días! ¡Qué crimen el de tus horas! ¡Qué asco el de tus minutos!”

Contento ---aunque aburrido---, cerró la necrológica.

Ya en la cama se despertó, forzado por el remordimiento: no había hablado de los muertos. Los muertos, pensó, los muertos se regocijan de que esté muerto, ya lo tienen en sus manos.

Y, quizá más tranquilo, buscó el sueño, esa bendición de los hombres buenos.

domingo, 7 de febrero de 2010

EL PADRE ISLA, ALIAS ZOTES

A punto ya de retirarse de su cátedra en el Instituto de Tecnología Aplicada, don Bernardino Roig, hombre como pocos aficionado a revolver papeles y a esconder en insólitos lugares notas y trastiendas, halló, no sin asombro, unos apuntes viejos. Decían, para su preocupación, que una vez leyó al Padre Isla en aquel libro tan famoso como no transitado (acaso por sus pecados) Fray Gerundio de Campazas. Sintió el sabio el aguijón y la lumbre del estudiante y anduvo desnochado queriendo volver a ver a tan ilustre predicador. Dio con él, como era normal, en aquella su librería vastísima. Y caló, y leyó. Mas, confuso, lo dejó. Sin embargo, aquel sueño que le vino tan después, acaso porque le entró mala conciencia por haber dejado abiertas las maletas del leonés, fue pesado y amargo. Estaba, cómo no, en legítimo debate con el mismísimo padre Isla y le daba éste galope como pocos habían podido. ---Que no debe usted ser tan allá, don cual, que debe usted quedarse más cerca, don nadie. ---Yo siento... ---Usted nada siente, don otro. ---Yo siento... Y en esas estaban, cuando, por la puerta y en traje talar, fue entrándose, sin mayor miramiento ni consuelo, el propio fray Gerundio. ---Diome este hombre ---y se refería a su padre--- traza de mentecato y de escaso latino. ---Que no, que te di fama de latino, doblado, eso sí, pero latino. ---Hízome este padre de tal índole que ríen sin pausa los que me construyen cada día en su lectura. ---No es cada día, que se dice cada nunca, porque tienes menos lectores que entretelas un muerto. ---Criome este Isla.... Pero hasta aquí llegó el diálogo, que don Bernardino andaba harto de monsergas entre padre e hijo, entre Isla y Zotes. ---¿No será que usted, don padre, tenía también un allá mostrenco? No llegaron a las manos, pero se las tuvieron sin manos. Interrumpió don Bernardino, asustado. ---Tengan paz, caballeros, que es más de señores habérselas dialogando y no riñendo. Y volvió a su siesta, que es de hombres buenos. Al día siguiente, guardó a Fray Gerundio y a su padre en hondo estante y siguió la trifulca de cada hora, no fuera a despertar otros fantasmas remendones y caducos. Mas dicen que tuvo dolor de cabeza, ¿no sería, acaso ---pensó alguno---, por mal administrar adjetivos?

jueves, 7 de mayo de 2009

El IV Centenario

A punto ya de retirarse de su cátedra en el Instituto de Tecnología Aplicada, don Bernardino Roig, hombre al que siempre habían repugnado las celebraciones y las onomásticas, recibió una carta de cierto doctísimo señor para que, al recibo de la misma, ensayara, si era su voluntad, unas palabras acerca del centenario de una novela muy celebrada. A fin y efecto de que don Bernardino no se desmandara, cosa que en definitiva el otro se temía, también le envió unas notas donde ciertos sapientísimos caballeros y unas más que subidísimas señoras daban a conocer sus expertas opiniones, todas magníficamente conjuntadas, enardeciendo a la lectura y regalando sobradas pistas acerca de las conclusiones que, finalmente, habían de ser el fruto de las cavilaciones ajenas.

Don Bernardino, siempre tan poco acomodado a tales súplicas, tuvo, sin embargo, un momento de sorpresa, y exclamó:

---¡Oh, el canon!

Después, y ya más tranquilo, escribió:

“Respetados colegas, y también queridos amigos:

Hacen ustedes una aproximación, que sin duda ganará celebridad, a la sinrazón. Elevan a categoría de progreso la locura. Enaltecen, ensalzan, brincan, disfrutan y se calientan con la leña del obnubilado. Después, proponen como modelo de conducta la conducta del desvarío. Dicen, `esos locos, esos herejes sociales, hacen avanzar las sociedades humanas´. Detecto (eso sí, con amor) que les gusta esa patología. Concluyo: me chiflan sus chifladuras, me fascinan sus fascinaciones, me enloquece su locura. Respondo: vuélvanse ustedes locos, pero a mí déjenme en paz”.

Firmo:

Cide Hamete Benengueli (junior)

jueves, 19 de febrero de 2009

Sobre los extranjeros y el tiempo

A punto ya de retirarse de su cátedra en el Instituto de Tecnología Aplicada, don Bernardino Roig, hombre sepultado siempre entre libros y con una más que notable indecisión a la hora de moverse o, simplemente, de cambiar de según que hábitos, pensó, contra todo pronóstico, en viajar. Había sido invitado por la Universidad Libre de Berlín y creyó que, a lo mejor, explicar dos o tres cosas a los berlineses no sería, en última instancia, tan desagradable. Cuando bajó del avión tomó un taxi y le dio al conductor las señas de un hotel cercano al campus. Sin embargo, ya en la universidad, pudo leer en una valla una frase que le atemorizó: Ausländer raus!, o sea, ¡Fuera extranjeros! Pensó, en ese mismo instante, que los alemanes tenían muy mala memoria y, haciendo caso a un instinto antiguo, dio orden al taxista para que lo devolviera al aeropuerto. Sentado otra vez en su cátedra del ITA, envió una nota al rector de la universidad berlinesa: “Por mi breve estancia en su ciudad, he comprobado ---sin sorpresa alguna, la verdad--- que son ustedes más suizos que alemanes, al cabo, son capaces de seguir al pie de la letra aquel viejo postulado del eterno retorno. Auf Wiedersehen.

jueves, 5 de febrero de 2009

Sobre el fútbol

A punto ya de retirarse de su cátedra en el Instituto de Tecnología Aplicada, don Bernardino Roig, hombre por lo común desapacible y malhumorado, se permitió consentir en algo que consideró estrafalario pero con lo que, cometiendo un error incalculable, transigió, y es que se dejó llevar a un partido de fútbol. Habituado a un mundo donde lo imprevisto tomaba cuerpo en forma de sugerencia, estudio o investigación, donde hacía falta tener siempre a tiempo la referencia para poder lidiar con lo inesperado, incluso donde, nervioso, necesitaba todos los reflejos a punto para no perderse en los intrincados senderos del pensamiento, el espectáculo que vio le pareció de una simpleza asombrosa: unos gritaban y otros corrían. Don Bernardino, por lo general poco amable, aconsejó a sus alumnos no perder el tiempo estudiando psicopatología antropológica, aconsejó ir a verla.